Los humanos son los habitantes del mundo visible, pero su influencia se extiende mucho más allá de lo que pueden percibir. Sus deseos, emociones y creencias son la razón por la que los dioses existen, convirtiéndolos en el eje que conecta ambos planos.
Aunque la mayoría no puede ver a los seres del mundo espiritual, algunos logran percibirlos por momentos. Sin embargo, esa conexión es frágil: si no existe un vínculo constante, los recuerdos de estos encuentros desaparecen con facilidad.
Tras la muerte, el destino de un humano no siempre es definitivo. Muchas almas se convierten en espíritus errantes, vulnerables a ser consumidos o transformados por fuerzas oscuras. Otros pueden encontrar un nuevo propósito si son elegidos y nombrados, mientras que en raras ocasiones, ciertos individuos llegan a trascender y convertirse en algo más.